Cuaderno ·
Notas desde un pabellón de proveedores de alimentación
Lo que se oía entre cajas de muestra: lotes mínimos, etiquetado y el miedo a comprometer stock en octubre.
El pabellón de proveedores no huele a demostración de marca. Huele a cartón y a café de máquina. Las cajas de muestra se abren con cúter y se cierran con la misma prisa. En una mañana de septiembre oímos tres veces la misma frase: ‘octubre ya está cerrado’. No era una metáfora de campaña; era el almacén.
Un expositor de ingredientes se negó a hablar de precios y sí habló de etiquetado: un lote devuelto por un error de alérgenos le había enseñado más que cualquier jornada de puertas abiertas. Pidió que no citáramos la marca del cliente final. Lo cumplimos. La crónica se sostuvo con la descripción del gesto —esconder la etiqueta con la mano mientras hablaba— y con el comentario de un vecino de stand que sí tenía stock para noviembre.
En el pasillo de envase, la generación de demanda no era una promesa de visibilidad: era la pregunta de si el tarro aguantaba palé mixto. Quien no había traído el tarro a feria, solo la foto, perdía la conversación en dos minutos. Lo anotamos porque se repite en oficios distintos: la muestra física sigue mandando cuando el comprador carga con la responsabilidad del almacén.
A media tarde el recinto anunció una mesa sobre ‘tendencias’. El pabellón de proveedores se quedó casi igual. Esa desproporción es noticia para quien paga la cuota de asociación y cree que el programa oficial es el centro. El centro, al menos ese día, estaba en quién podía comprometer un camión.
Volvimos a Sant Jaume dels Domenys con las suelas llenas de polvo de recinto y con un cuaderno donde los nombres propios eran pocos y las horas, muchas. Así deben ser estas notas: útiles para quien vuelve el año siguiente con el mismo miedo de octubre.